NOVELA

SILENCIO

Shusaku Endo

(Edhasa - Buenos Aires) 

Silencio pone en escena la relación entre un misionero católico y la figura del traidor. A través de la sinuosa narración, el delator cambia de rostro, pero el problema de qué hacer con ese “otro” absoluto se mantiene como un misterio, irresoluto.

Sebastián Rodrigo viaja junto a Francisco Garpe al Japón. Buscan afanosamente a Ferreira, el gran maestro acusado de apostasía. Si bien el camino tortuoso de Rodrigo inunda las páginas de dolor, el centro secreto está en el vínculo que establece Rodrigo con la figura de Cristo y con la lenta y despiadada senda hacia el encuentro de sí mismo.

¿Por quién o por qué lucha un misionero en el Japón, “esa ciénaga sin fondo” en la que se instalan como perros ciegos los católicos en el siglo XVII?

A primera vista, tanto el curioso apóstata Ferreira como el fervoroso Rodrigo luchan contra la ignorancia de los infieles. Sin embargo, la trama ahonda en la situación que conlleva la evangelización: ¿es posible convencer a otro de la verdad que profesa una religión tan distinta a la cultura oriental?

Rodrigo se instala en Tomogi. Al ser perseguido, abandona la aldea y debe entregarse al desasosiego del futuro: cree que nunca encontrará al escurridizo Ferreira.

Desde su llegada a la tierra japonesa, los jesuitas son guiados por Kichijiro, un borracho obeso que aparece y desaparece. Pronto Kichijiro ocupará el lugar de Judas: Rodrigo será atrapado y encarcelado por las autoridades.

Tras los oscuros días de encierro, Rodrigo es obligado a abandonar su fe. ¿Seguirá la línea férrea tendida por la iglesia y permitirá que los campesinos torturados sean salvados? ¿O se sacrificará, como Cristo, y paradójicamente lo traicionará pisando el fumie?

Shusaku Endo ha escrito una novela melancólica atravesada por diversos registros: un narrador omnisciente que, como Dios, todo lo sabe, cartas escritas en primera persona por Sebastián Rodrigo y páginas de diarios de otros personajes. En los capítulos heterogéneos se repite una letanía: “Dios se obstina en su silencio”. En esta oración se cifra el dilema que encierra la novela.

Recursos inconfundibles

En la película dirigida por Martin Scorsese hay un diálogo crucial que se añade a la trama: las preguntas que le hace Rodrigo a Dios son respondidas por la voz en off de Dios. Ese dato no sólo transforma la relación de Rodrigo con Dios sino que cambia el sentido de la conversión religiosa. Scorsese sostiene que el silencio es el modo de Dios de estar presente a través de la ausencia, su manera de relacionarse con los hombres. El silencio no es una negación de Dios o una falta de comunicación sino un modo incomprensible para los hombres. Desde el punto de vista de la construcción dramática, Silencio se parece menos a Casino o Goodfellas que a las películas de Ingmar Bergman.

Scorsese ha trabajado recursos que lo han hecho inconfundible: largos travellings, tomas cenitales ligadas al ojo divino, planos que se reiteran para configurar la escena, la voz en off de un narrador que funciona como Virgilio, la música persistente que refuerza el sentido dramático. En Silencio, el método scorsesiano ha sido reducido casi a la nada. Salvo el plano cenital que interviene para mostrar a los jesuitas desde el ojo de Dios y el travelling que sigue a los japoneses ajusticiados frente al inquisidor Inoue, no hay usos de la cámara que repercutan como marcas de Scorsese. El silencio literal y simbólico se apodera de los planos y del montaje. En este sentido, Scorsese es fiel a Endo y su puesta realista no altera el hervidero del dolor: al contrario, refuerza el abismo existencial que prolifera como los látigos del fuego infernal. Antes que una película rítmica, Scorsese ha filmado una historia de iniciación, caída y renacimiento, que muestra “su” modo de pensar el dolor religioso y la fe ante los obstáculos del mundo. Es decir, el director escribe su testamento existencial y abandona, por esta vez, el modo frenético de filmar.

Silencio escapa a la estética scorsesiana y, quizás por eso, es la más personal de sus películas. Solo que en ocasiones lo más personal es lo menos atractivo.

© LA GACETA

Fabián Soberón